Holguín a vista de pájaro

By karinamarron

La tripulación del vueloSiempre quise volar. No tanto como Ícaro que se construyó un par de alas de cera para lograrlo y luego se acercó demasiado al sol. No me atrevería a tanto. Quería volar como en mis sueños, ver las calles, las casas, la gente desde el aire, no como en los aviones, que casi no se distingue nada, sino como las aves.

Me habían dicho que lo más parecido a eso era volar en helicóptero y esperé ansiosa mi primera oportunidad. Y como la vida da tantas vueltas en septiembre de 2008 pasó por Holguín un huracán. Varios de mis colegas subieron a los helicópteros de las Fuerzas Armadas y recorrieron la provincia para ver los daños causados. Dos veces estuve a punto de subirme a uno de esos aparatos y cumplir mi sueño, pero la primera vez, en Mayarí, fui la única en quedarse en tierra porque no había capacidad y eran más importantes las imágenes, así es que me tocó despedir a los demás, aunque con cierta envidia, lo confieso.

La segunda vez estaba en Antilla, hacía de fotógrafa junto a Yanela en aquellos días de constante trabajo de todo el pueblo recogiendo escombros y tratando de sacudirse la terrible huella de Ike. La invitación vino entonces del General de Cuerpo de Ejército Ramón Espinosa Martín, quien nos propuso acompañarlo a Gibara. Los ojos me brillaron cuando escuché la oferta. Yo no me vi en ningún espejo, pero uno sabe cuándo le brillan los ojos, del mismo modo en que sabe cuándo se ha puesto colorado, porque son emociones tan sinceras, vienen de tan dentro, que es imposible que no se reflejen en los ojos o en el rostro. Yanela también estaba entusiasmada con la idea, pero nuestra misión ese día era llegar hasta Banes y pudo más la disciplina que el deseo de volar.

Antilla diez meses después del paso de Ike. Foto: JCruz

Antilla diez meses después del paso de Ike. Foto: JCruz

Después vi las imágenes por televisión y en cierto modo me alegré de no haber ido en ninguno de esos dos vuelos. Dolía tanto Holguín y sus casas en el suelo, árboles derribados por doquier, gente mirando a la tierra, al cielo, a cualquier parte, con la mirada perdida, aferrándose a la vida para sacar fuerzas y continuar después de tanto desastre. Dolía tanto esa visión que hasta agradecí un poco el no haber participado en esos viajes, porque cómo sentirme feliz contemplando tanta desgracia. Quería volar, sí, pero no eran esos los paisajes de mi imaginación; así es que fui engavetando mi deseo que poco a poco se convirtió en algo parecido a una vieja cicatriz, que duele solo en determinadas épocas y ante determinados comentarios.

Este lunes 20 de julio parecía ser otro día más hasta que recibí la llamada. Di tantos brincos en casa, que mi hermano pensó que me estaba volviendo loca. Festejé como una chiquilla celebraría un juguete nuevo, porque iba a volar y desde que me lo dijeron no hice más que hablar sin parar. Comencé a preocuparme por cosas en las que no había pensado antes: ¿y si me mareo?, ¿y si el tiempo está malo y me da miedo el viaje o no puedo ver bien? Había un montón de posibilidades que contemplar, pero ninguna me disuadiría de subirme al helicóptero.

Mis compañeros de viaje eran casi todos experimentados: Amaury Betancourt, fotógrafo de la radio, Juan Pablo Carreras, quien tomaría las imágenes para la AIN, Eddy de la Pera, el intrépido cámara de la televisión y Germán Veloz, el periodista de las FAR que coordinó con la tripulación nuestro plan de vuelo. Jorge Luis Cruz, el mismísimo autor de la Esquina Joven (por cierto que ahora tendrá otra anécdota que contar), y yo, éramos los únicos novatos y nos manteníamos con los ojos bien abiertos, asombrados con toda la información que recibíamos sobre la cantidad de combustible que necesita un pájaro de estos, la forma del despegue y las historias de otros viajes protagonizados por ellos.

Petrocasas en Gibara. Foto: JCruz

Petrocasas en Gibara. Foto: JCruz

Veloz quedó en tierra y nosotros comenzamos a volar. Al principio no me atrevía a quitarme el cinturón, pero cómo permanecer quieta viendo a Eddy sentado en la puerta, cámara al hombro grabando a Holguín desde el aire. Juan Pablo sacaba también parte del cuerpo para tomar sus fotografías y Amaury y Jorge Luis intercambiaban lugares para tener mejores imágenes. Desde mi escotilla podía ver, pero me estaba perdiendo más de la mitad de las cosas. Fue entonces que comencé yo también a ir de un lado para el otro como en una fiesta, siempre resguardada por el suboficial Reynier Vera Vera y mis colegas, y el espectáculo valió la pena. Fue como si el tiempo se detuviera en cada sitio por donde pasamos y como si viera muchas cosas por primera vez: la isla de Cuba en el centro del parque infantil de la ciudad capital, los parques, los barrios, mi propia casa.

Aún tengo los ojos repletos de saludos: los de los trabajadores de Radio Cuba trabajando en la antena de la Loma de la Cruz; los que nos brindó la mucha gente que se subió a los tejados en Gibara, ahora una mezcla de tejas tradicionales y planchas de tejas modernas de diversos materiales; manos saludando de las personas que salieron a las calles y también de los trabajadores de las preciosas petrocasas que se construyen en esa ciudad de mar. Freyre y sus obras recién inauguradas, las viviendas levantadas del suelo, los hoteles del polo turístico devueltos a la vida por sus trabajadores en muy poco tiempo, nuestras hermosas playas. Banes brillando al sol con sus cubiertas rojizas y de plata reluciente, Antilla como surgida de las aguas de la bahía de Nipe, con su cuerpo de madera y metal. Ike todavía es visible desde el aire, pero mucho más resaltan la alegría de la gente y todo lo que se ha hecho, todo lo que aún se hace.

Banes muestra su recuperación tras el paso de Ike. Foto: JCruz

Banes muestra su recuperación tras el paso de Ike. Foto: JCruz

En Holguín sobrevolamos la Plaza de la Revolución con sus banderas ya puestas, los edificios de dieciocho plantas recién pintados y un Reparto Pedro Díaz Cuello donde no cabía más júbilo por los resultados de largas jornadas de trabajo. Y no sé qué sintieron los que estaban abajo, pero a mí me pareció que podía extender la mano y tocar las suyas, obra del teniente coronel Augusto César Despaigne un experimentado piloto que junto a su tripulación, el mayor Roberto Santos Urquiza y el mayor Germán Baryolo Mesa, nos llevaron a tierra casi sin sentirlo, como si fuéramos parte de un ave que se posa en una rama.

Después, regresar a casa, tomar un baño, comer… contar a la familia del viaje, pero aún sin encontrar las palabras… y sentarme a escribir la historia de cómo volé y pude ver a Holguín con ojos de pájaro.

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2 comentarios para “Holguín a vista de pájaro”

  1. Yunior Garcia Dice:

    Karina saludos y me alegra hayas realizado tu sueño de volar… y q te permitió escribir esa crónica de viaje develando tus vivencias de Holguín, una mirada mucho más creíble de lo que se ve, oye y lee por estos días. Primer trabajo tuyo q leo: OK. Saludos para ti, en verdad estás culeca con ese viaje…ja ja ja ja. Chao

  2. Leyaní Dice:

    Hola Karina, me ha encantado la crónica, me has dejado ver, en tus palabras, las bellas imágenes que apreciaste desde el helicóptero, donde tuviste una visión mucho más real de tu Holguín que adoras. Gracias por compartirlas con nosotros.

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